El último viaje en metro del autor

Andestá la foto (?)

"Me recordó al sabor de los pies de cerdo mal arreglados en las matanzas que mi familia celebraba cuando era pequeño."

El hombre de la gabardina destacaba entre la muchedumbre como el árbol más alto de un frondoso bosque. Además, me escudriñaba con un semblante serio, que sus ojos negros, negros, no ayudaban a suavizar. El metro tomó una curva de forma brusca, provocando el desequilibrio de los pasajeros. Cuando levanté la vista, el sujeto no se había ni inmutado. Parecía una estatua, rígido, solemne, enorme. ¿Cuánto podía medir? Dos metros, sin problema.

Pensamientos paranoicos penetraron mi mente de la misma manera que el asqueroso olor del viejo que tenía al lado lo hacía en mis fosas nasales. Tal vez me estaba siguiendo, de hecho, creo que lo vi entrar en la estación justo detrás de mí. Macabras tribulaciones que me hacían olvidar el bullicio del vagón. Me fijé más en su rostro. Sus labios dibujaban una mueca de desagrado, por supuesto dirigida a mí; la barba de tres días le daba un aspecto de erizo, que solo podía acentuar su peligrosidad, y el hueco de su barbilla desde luego vaticinaba el hueco que abriría en mi corazón, cuando disparase el revólver que seguro escondía en la gabardina verde asesino. Era hombre muerto.

Advertí lágrimas bañando mi rostro, exteriorizando esa desesperación que me apretaba el pecho. Lágrimas limpiando mis sentimientos como el Hombre de la Gabardina limpiaría el arma del crimen una vez se hubiera deshecho de mi cadáver.

-¿Bajas? - me preguntó una mujer-.

La miré extrañado, no había caído en la cuenta de que el metropolitano se había detenido. Y de repente un maquiavélico demonio apretó el pedal del inflador, que reavivó la llama de la esperanza en mi corazón. Tal vez el hombre se bajaba ahí, en esa estación, y dejaba de atormentarme por unas horas. Solo pedía eso, unas horas, porque mi sentencia estaba firmada. Y el hombre se bajó. ¿Alguna vez he sentido tanta alegría? Casi me desmayo. Casi sufro una erección tremenda. Casi. Casi, porque una señora que salía del vagón me pisó con sus tacones de asesina. Tal vez fuera la Mujer de la Gabardina de otro iluso estudiante.

Subí la mirada hasta encontrar la mano del viejo de al lado, agarrando la baranda. Observando con interés vi un hombre de unos setenta años, desaliñado, verde y perfecto para proporcionarme la última historia de amor de mi corta vida. Volví a su mano y la besé lentamente. Primero lamí sus nudillos, peludos, hasta asegurarme que se quedaba algo de vello en mi paladar. Me recordó al sabor de los pies de cerdo mal arreglados en las matanzas que mi familia celebraba cuando era pequeño. Luego chupé sus uñas, amarillentas por la falta de cuidado, largas y afiladas, peligrosas como el hombre de la gabardina. Bajé los párpados y me entregué al placer. Qué vicio... Qué locura... Qué prohibido. Los subí y miré con lascivia a mi amante, que también tenía los ojos cerrados.

- ¿Dónde estuviste todo este tiempo? - me preguntó con la boca bien húmeda-.

No pude resistirme y le besé. Mientras nuestras lenguas jugaban a desordenarse la una a la otra, tomé sus frágiles caderas de anciano y le levanté la camisa, para acariciar la arrugada piel de su espalda.

- No había nacido aún – le susurré, respondiendo a su pregunta. Y noté como su entrepierna se abultaba cuando nos fundimos en un abrazo-.

Agarrados de la mano nos bajamos en la siguiente parada. Subimos las escaleras de la estación, como dos adolescentes (aunque yo lo era) enamorados, y al girar la esquina noté un dolor agudo en el pecho. Al llevar mi mano ahí pude sentir la calidez sangrienta de la herida de bala.

Los gritos de desesperación de mi amor no me impidieron voltearme y ver, por primera vez sonriendo, al hombre de la gabardina.