De los pilares del templo

Grandes eran los pilares del templo dedicado a la Diosa Púrpura. Negros de piedra maciza, obsidiana espacial que un meteorito había traído milenios ha. Se cuenta que un incontable número de esclavos murieron ante la impasible mirada de las Hermanas Encargadas, durante el arduo ejercicio de transportar el valioso material desde las grandes planicies hasta la ciudad de Catania, dónde se erigió el coloso lugar de culto. En el mismo cráter, los maestros artesanos tallaban las columnas de la roca celestial mediante sus artes arcanas, y ataban dos cuerdas de cáñamo enormes de un extremo. Entonces treinta desdichados de ébano, en cada cuerda, tiraban de la pieza durante dos mil quilómetros y tardaban cuatro meses en arribar a su destino. Desde el aire, las atentas miradas de las dragonas y sus jinetes los observaban, como una hilera de hormigas negras, por el color de la piel de la piedra y de los esclavos, desnudos, y se deleitaban de la visión de dolor, penuria en sus caras, y del pesado balanceo de su sexo, acompasado con el vaivén de la marcha.

Difícil era para una Hermana Encargada evitar caer en la tentación durante el ejercicio de sus funciones en la consagración a la Diosa, mas cuando anochecía, bajaba del cielo con sus compañeras y ordenaba montar el campamento, de buena recompensa se trataba sacar de la jaula donde yacían a uno de los esclavos y conducirlo maniatado hasta su tienda. Allí, se agachaba frente al cuerpo escultural del curtido siervo, en el proceso acariciaba el abdominal musculado y bajaba sus manos con suavidad, disfrutando del momento, hasta la entrepierna. En ella encontraba un miembro gordo como su propio antebrazo, largo hasta casi alcanzar la rodilla - algunos hasta superaban dicha longitud -. El tronco, repleto de venas, parecía palpitar a la exploración sensible de su ama, y entonces el hombre tragaba saliva, apartando la mirada del rostro de su señora, pues era un acto sumamente penado el contacto visual de un esclavo sin permiso. Pero aferrado a él, la extasiada Hermana mandaba: mírame a los ojos mientras te masturbo, y no tenía otro remedio que obedecer, y tan hermosas y gráciles eran las facciones de una encomendada a la Diosa, que a pesar del temor innato y el olor a peligro, era inevitable subir el libido de cualquiera que la contemplara. Se endurecía así la verga y la señora hacía y deshacía con las dos manos, una detrás de la otra y ni aún así cubría la mitad de la longitud del tronco, pero con habilidad tal que de la punta empezaba a emanar el líquido preseminal, acompañado de los gemidos del extasiado. Esa era la señal: presta, la cultista abría la boca y llevaba el glande a ella, dispuesta a dar placer como bien había aprendido desde novicia, anudando la lengua alrededor del pene, rodeándolo en un anillo de gusto. Mientras una mano lo sujetaba, la otra, como con vida propia, emprendía la marcha hasta su propio sexo, sin prisa al principio, esta tarea se detenía en sus ubres, por encima de la fina túnica de seda que la ataviaba como única ropa, y a través de la cual se notaba los pezones duros, y más después de los breves y juguetones pellizcos a los que sometía, que despertaban en ella una chispa en la vagina, que devenía en incendio, un fuego húmedo. No había más manera de apagarlo que acrecentándolo pasando la mano debajo de la ropa, frotarla en el clítoris. Cada vez aumentando la intensidad del movimiento, alternando su naturaleza: de arriba a abajo, luego dibujando un círculo. Introduciendo sus dedos en el interior de la abertura vaginal y acariciando con la punta de éstos la cara interna del órgano eréctil. Más y más se embelesaba ella, y así subía el ardor reinante en la tienda, la hoguera en el centro quemaba vivaz, pues no solo de las llamas de su vulva tenia el control, ni se limitaba éste a la vida del oscuro íncubo a quien mamaba la verga, sino que hasta el ambiente mismo le rendía cuentas. Y en ese momento se corría, caían gotas de placer líquido en el suelo de tierra aplastada y el gozo contagiaba a su siervo, que gemía ruidosamente y descargaba el semen dentro de su boca, en gran cantidad, los esclavos no tenían permiso para gozar si no se lo concedía una Hermana. Ella tragaba su semilla, sonreía. Si la anatomía del agraciado le producía simpatía, le permitía seguir sirviendo el Culto a la Diosa hasta que moría de cansancio u otra Hermana decidía poner fin a su servicio. Cada noche un esclavo en cada tienda, y aún así algunos morían vírgenes, tal fue el poder de las Hermanas, del Culto y el Imperio Púrpura.

De esta forma se llevaron los dos mil pilares a la ciudad de Catania, y aunque hoy gobiernan los demonios en esa tierra, las columnas siguen en pie en la Antigua Ciudad.