Pedros y Juanes

- En el número 23 de la calle Rumores vivía un hombre llamado Juan, coronel del ejército del aire, el último militar que pilotó un biplano durante el ejercicio de maniobras, cerca de la base de Zaragoza, en el año 1998. Su padre fue Juan, coronel del ejército de tierra, que murió desangrado a causa de un balazo - disparado por un francotirador apostado en lo alto del campanario del pueblo que estaban ocupando, que resultó ser además su propio primo, no llamado Juan, sino Pedro, también fruto de una larga saga de militares, pero de ideología progresista, mientras la rama de los Juanes era (y de forma radical) conservadora - en la entrepierna durante la guerra civil española. La historia de la muerte de su abuelo Juan, coronel de la armada, no es mucho más diferente, pero sí más rápida: una flecha disparada por un rebelde filipino le atravesó la boca en 1898. Y sin embargo Juan, nuestro Juan, no murió en servicio. Sufrió un ataque al corazón a los noventa y dos años, cuando sacaba unas pesadas mantas de invierno del lavarropas. Hijo de puta, se llevó mi venganza.

- ¿Cómo?

- ¿Recuerdas que te dije que fue el último hombre en pilotar un biplano? - Bebí un trago largo de la cerveza y negué con la cabeza, no por lo que iba a decir (que también), sino porque la cerveza estaba caliente. La tendría que haber puesto a congelar un rato antes -. No iba solo, lo acompañaba un joven alférez recién graduado. El feliz Pedro, el nieto del hombre que le arrebató la vida a su padre, un hombre del ala izquierdista, que se alistó con la cabeza llena de ideas de cambio en el rancio y casposo ejército de España. El biplano se estrelló y solo el coronel Juan tuvo tiempo de presionar el botón de eyección, caer planeando suavemente y salir del accidente sin un rasguño. Dijo que su acompañante había pulsado el botón también, pero el mecanismo no había funcionado. Patrañas, ¿qué consistencia tiene esta explicación? En cualquier caso, debido al respeto que infundía la figura del militar no hubo investigación al respecto: el coronel había modelado la verdad. Cuando fui a reconocer el cadáver, aprovechando una distracción del forense, levanté la manta que cubría el maltrecho deformado cuerpo de mi hijo y, ¿sabes qué vi? ¿SABES QUÉ VI?

- ¿Qué… qué fue lo que viste?

- Una profunda y fea oquedad en la entrepierna, fruto indudable de un disparo. El coronel Juan había puesto en práctica su particular venganza contra mi hijo, y yo llegué tarde a la mía. ¿Cómo? ¿Cómo pude llegar tan solo unas horas tarde? Justo cuando la ambulancia sacaba su cuerpo tapado con un plástico de su casa. Y yo con la pistola en la mano desde la otra acera sin dar crédito a mis ojos, con la misma pìstola que llevo ahora en la mano y mi cabeza me suplica que la use para acabar con tan mísera vida. Solo me quedaba la venganza, y se la llevó el lavarropas.

- Pedro, tranquilizate, por favor. Por favor, no hagas ninguna locura, no, NO. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hago yo ahora? ¿Lleno de sangre?

Bebí otro trago de cerveza, me daba igual que estuviera caliente, mi plan había sido completado. Mi ayudante asintió con una sonrisa de admiración.

- ¿Cierro el micrófono, coronel? Éste ya se ha muerto. Fue un estratagema estupendo el de fingir su muerte.