La Pandemia

Llegó en enero, claro que nadie lo supo hasta meses más tarde, cuando ya había contagiado a varios millones de personas, cuando ya había crecido en sus organismos y pasando de individuo a individuo en silencio. Casi parecía inteligente. No mostró sus armas hasta que el tamaño de la población infectada fue tan grande que el secreto de su existencia no pudo ser guardado por más tiempo. Y solo entonces disparó.

Las UCI de los hospitales se llenaron de futuros cadáveres en pocos días, el gobierno, sin querer abandonar su faceta engañosa de que todo está controlado, pareció implacable con sus medidas, confinó a la población y la encerró en sus respectivas casas. Nadie podía salir a la calle sin mascarilla, y de hecho nadie podía salir a la calle sin un buen motivo. La economía quebró y las ayudas del Estado llegaron tarde e insuficientes, de manera que los que no perecieron a causa de la enfermedad, lo hicieron de hambre.

Me recuerdo a mí mismo como una hormiga, de casa al trabajo, del trabajo a casa. Los fines de semana arresto domiciliario, y por las noches también. Los bares y restaurantes fueron prohibidos, así que teníamos que comer un tupper que nos habíamos preparado en casa la noche anterior. No estábamos tristes, o no lo mostrábamos, o no me acuerdo, que los días eran tan iguales entre ellos que vivíamos en piloto automático, dejando pasar el tiempo, perdiendo la vida. Dije enfermedad o hambre, pero me descuido el aburrimiento, el tedio. Un cansancio sordo y lobotomizante que provoca que no recuerde los sentimientos de aquella época, solo la rutina, de poderosa que era.

Un día el CEO de la empresa nos reunió a todos y nos comunicó que no habría más despidos temporales - la medida estrella de aquel gobierno que pretendía dar un pequeño respiro a las empresas -, porque las ayudas del ministerio se habían acabado. Sin ese dinero, no tenían más remedio que hacer despidos masivos permanentes y a mí no me tocó. ¿Fortuna? No lo sé, en aquel entonces creo que me daba igual si me quedaba sin trabajo. Los que despidieron se marcharon gritando asesinos a los responsables de recursos humanos. Quizá tenían razón: los prescindidos se suicidaron. Al poco tiempo - o al mucho -, el CEO nos volvió a reunir, esta vez para informarnos con lágrimas en los ojos que ni con el despido masivo había conseguido pagar a los proveedores y que la mayoría de clientes, encontrándose en la misma situación que nosotros, no podían seguir pagándonos. No quedaba otra que cerrar la empresa. Declarar la quiebra, el trabajo de toda su vida que había pasado de generación en generación por su familia desde tiempos de su tatarabuelo, no había servido para nada. Mientras el hombre se derrumbaba yo no podía evitar envidiarle. Al menos él sentía algo.