Operación delicada

Una gota de sudor resbaló a través de mi rostro, formando un sinuoso reguero brillante, hasta morir hendido ante la inmensidad del espeso matojo que es mi barba. El pulso me temblaba, relativo terremoto para la taza en suspensión. Para un elefante, nulo. Para el café corto, casi un desbordamiento. Por poco.

De manera instintiva mi vista se desplazó para encontrar la mirada de desaprobación en el rostro del maestro, que negando con la cabeza chasqueó los dientes. Yo tragué saliva y levanté la taza: ya casi la tengo a la altura del vaso con los cubitos de hielo… Sentí que se me humedecían los ojos y otra vez, sin querer, revisé la expresión facial del sensei: insensibilidad.

A pesar del dolor en mi antebrazo derecho, causado por la presión a la que me sometía, moví ligeramente la extremidad. La mano izquierda se dispuso a asumir la función de soporte para el vaso. Entonces estudié mis posibilidades: podía verter todo el café de golpe (con rapidez y movimiento calculado), aunque corriera el riesgo de las salpicaduras por velocidad; en girar la taza sobre su propio eje poco a poco, dejando caer el líquido, encontré una válida alternativa; y por último, estaba el clásico descenso lento, alejando cada vez más mi mano del vaso, mientras se inclina éste. Después de valorar los pros y los contras me decanté por el tercer modus operandi.

Una lágrima se escapó de mi ojo derecho, nublando la vista, y yo apreté la lengua entre dientes forzando mis rasgos faciales, arrugando el rostro. Procedí con sumo cuidado, aunque el destino pareció recompensar al menos durante los primeros instantes, cual caprichoso ente me la jugó. Vi el café desafiar todas las leyes de la física, y resbalar en contra de la gravedad atravesando la porcelana de la taza hasta que finalizó su camino. Tan solo caer el primer chorro sobre la mesa y antes de derramarse el resto, el cuchillo de mi Amo descendió de los cielos hasta mi muñeca, cortando el hueso como si de mantequilla se tratase.

La sangre voló rauda por encima de la mesa, a borbotones, salpicando los demás comensales, que giraron la cabeza para ver la escena. Gritaron y grité, pero en el venerable rostro de Mi Castigador no asomó ni un sentimiento.