La Herencia

Nieves maldice la hora que se casó con Bartolomeo, un viejo apestoso con el cuerpo flaco esquelético, cadavérico, pálido y rico. Tenía más oro que una de esas estatuas de Buda que se colocan en los templos de las ciudades exóticas - y cada vez más las locales, que el otro día salió en los telediarios que habían encontrado una destrozada en una ciudad vecina -. Bueno, que me desvío del tema. El caso es que el viejo tenía dinero para empapelar un rascacielos y Nieves estaba muy buena cuando lo conoció. También era feliz el día de su boda, me lo confesó, ya que solo pensaba en el momento cercano que su marido se moriría y ella estaría allí para cobrar la herencia. Así que este día ha llegado, y yo tengo un mensaje de texto en mi celular que me informa de ello - ya que tenemos que guardar las apariencias y actuar normal -. Le doy el pésame, la cito en nuestro café habitual un tiempo prudencial después - pongamos una semana - y ella accede, agradecida - qué bien sabe actuar, coño -.

Una semana después...

... Una semana después me encuentro sentado en el local acordado, descansado por poderme quitar la mascarilla y la veo aparecer por la puerta giratoria, con una gabardina negra y unas gafas de sol, y su mascarilla también es negra, pero no tarda mucho en quitarsela. De hecho se la quita en el preciso instante que su gordo culazo toca la silla, pues engordó nosecuantos kilos desde que contrajo sagradas nupcias con el viejales.

- Mierda, David, mierda - me suelta lo primero -.

- ¿Qué pasa? ¿Nos han descubierto?

- No, ostia, y no lo digas en voz alta.

- Joder es que me has asustado. Vale, pues dime qué ha sucedido.

- Pues que vengo de la lectura del testamento, y lo ha dejado todo tan enrevesado y tan raro que hasta el notario ha dudado de la validez del mismo. Pero tras consultarlo en los códigos y con sus colegas, resulta que sí es legal dada una cláusula que tuve que firmar en el contrato pre matrimonial sin darme cuenta. Ya sabes, me hizo firmar tantas cosas que no tuve tiempo material de leerlas todas.

- ¿Pero qué tan grave es? ¿Qué puso el puto viejo en el testamento?

- Pues resulta que dice, y cito textualmente, que en caso de muerte plácida en la cama, temiendo un asesinato prematuro por parte de la mujer, le corresponde a la conyuge guardar un luto de veinte años. En ese periodo de tiempo no podrá tomar marido alguno ni tener relaciones sexuales con varones. En caso contrario, deberá devolver toda la herencia a la anterior esposa del fallecido, más unos intereses del cien por cien, chuparle las botas a todos los peones de la obra más cercana y ser donada en el zoo como animal de monta para que se satisfagan con ella todos los animales más salvajes, cada fin de semana, uno por uno, hasta el día de su muerte. Los efectos de este testamento comenzarán a tener lugar a partir del momento exacto de la fecha con el fallecido.

- ¡Pero nosotros tuvimos sexo a la mañana siguiente!

- Lo sé… Y con las técnicas que tienen ahora, pueden descubrirlo fácilmente.

Un hombre se paró frente a nuestra mesa. Sacó una placa de policía y se dirigió a Nieves.

- ¿Me disculpa señorita? Necesito que me acompañe para realizarle una prueba de relaciones sexuales