El gitano

¡Corre, que viene el gitano! Montado en una pantera, fumando habano, a través del terreno con el saco lleno de dinero robado, advirtió la abuela.

Y el marido, el hijo y el nieto huyeron cagados de miedo, de riquezas cargados, bosque adentro, montaña arriba. Que no querían ser violados también, que luego el ojete tardaba días en soldar de nuevo.

Pero quedó la abuela - ya que el monstruo precisa un sacrificio - y lo esperó con las tetas colgando, las piernas abiertas, profiláctico en mano y le ofreció un vino.

El gitano rechazó parafernalias de toda índole y fue al grano, mientras el marido, el hijo y el nieto, cubiertos de hojas lo miraban desde lejos, aunque escuchaban los gritos de placer de la abuela como si estuvieran al lado - al nieto le gustaría verlo más de cerca, todo sea dicho -. Y cuando terminó, el gitano solo se llevó el viejo casco de guerra, el único objeto que no salvaron, por pesado, del tataratataratatarabuelo de la abuela.