Buda

Qué violines resonaban en mis oídos de plata, pero de Jade mi boca gritaba por pura angustia y sudor frío resbalaba entre los poros de mi piel de oro. Era una estatua de Buda, adornada hasta los dientes, adorada hasta la muerte por multitudes más muchedumbrosas que una colonia de hormigas. Mi cuerpo de metal me garantizaba la seguridad de no ser devorado por bicho alguno, pero los fieles feligreses que acudían a mí ya velaban por mi higiene y limpieza escrupulosa. Una hora duraba una oración y al final de la misma, los que habían rezado, se acercaban con respeto armados con trapos húmedos y cubos llenos de agua, limpiaban mi gordo cuerpo como muestra de respeto hacia mí, y hacia los que empezarían su turno una vez salieran de la estancia. Y a repetir el ciclo.

Esa noche tan solo acudió un violinista rubio y bien ataviado. Colgaba en la espalda un estuche cerrado en el que pensé que debía guardar el instrumento - aunque había entrado a la estancia con el mismo en mano - normalmente. Pude notar que portaba una sustancia acuosa en los ojos y advertir la ausencia de utensilios de limpieza me perturbó. Fue en ese momento cuando comencé a sudar frío que resbalaba entre los poros de mi piel de oro y ruego disculpen mi gramática pero no pude evitar ponerme nervioso al imaginar el destino que les espera a los budas que no son limpiados tras las oraciones. El individuo procedió a tocar una pieza bella y triste - no sé si era triste en sí, o lo era yo, pero algo era triste - que me recordó al olor de las almendras tostadas en primavera que mamá buda solía prepararme después del colegio para futuras estatuas. Un plato de esos frutos secos y el sabor me emocionaba tanto que producía en mí lágrimas casi tan gordas como las que cayeron por mi rostro antes de morir asesinado por el violinista.