Ajedrez

El jugador ruso está sentado en su silla plegable. Delante suyo se halla el tablero de ajedrez y la disposición de piezas le indica que le tocará llevar las negras en esta ocasión. Un poco más al frente se halla otra silla, vacía, que debería estar ocupando su contrincante en estos momentos - el que llevará las blancas -. Se trata de Wei So, un joven prodigio chino que a los tres años ya derrotaba maestros internacionales en exhibiciones simultáneas en Pekin. Hoy cuenta con quince abriles tan solo a sus espaldas, pero ha alcanzado el grado de Gran Maestro y arrastra a sus espaldas una puntuación ELO de más de dos mil ochocientos puntos, todo un récord mundial. Sin embargo Petroniev, el ruso que moverá las blancas, no le teme. Respeto es el sentimiento que va más acorde a la situación, aunque de respeto ya gozan la mayoría de contrincantes frente los que se sienta. La ausencia del joven, sin embargo, está empezando a agotar su paciencia.

Con la mirada fija al tablero, repasa la posición de cada pieza respecto su escaque correspondiente, de manera que se asegura que el centro de las mismas coincide al cien por cien con el centro de la casilla. Así que las recoloca todas de nuevo y reflexiona sobre la estrategia que va a tomar. Como le toca ser el segundo en jugar, tendrá que seguir una filosofía que Nietzsche categorizaría como débil, respondiendo a los ataques de su rival - que se sabe agresivo con blancas - y obedeciendo a la apertura que plantée. Piensa:

Si el chino sale con e cuatro y avanza su peón de rey, él imitará con e cinco, su peón de rey. Si a eso se le suma caballo a efe tres, él hará caballo a ce seis, y entonces el árbol de posibilidades de su rival y la teoría aprendido con años de práctica resumen las aperturas abiertas a tres: la española si el blanco responde con álfil a be cinco, en cuyo caso el negro jugará caballo a hache seis, planteando una defensa berlinesa, que se sabe sólida y defensiva, y le será más fácil neutralizar el carácter ofensivo de su rival; la italiana si el blanco juega alfil a ce cuatro - por otra parte esta es la apertura más probable ya que es la más agresiva por parte de las blancas - y él podrá contraatacar con alfil a ce cinco - el motivo del movimiento descrito es la amplia teoría detrás de dicha línea clásica de la italiana que el ruso con sus, notablemente, más años de experiencia ha jugado en más partidas - de hecho es su especialidad - y eso le deja en ventaja de base teorica.

Pero todos estos pensamientos fueron interrumpidos por el árbitro del match cuando irrumpió en la sala acompañado de los organizadores del tan esperado encuentro y anunciaron a la multitud que la partida había quedado anulada, pues el coche en el que viajaba el joven chino había sufrido un muy aparatoso accidente de camino al museo donde se celebraba la competición, que había causado la muerte de todos los implicados en el choque con el camión, incluidos Wei So y su hermanita de ocho años.

Mientras un lamento general recorría el público de la sala, que incluía lágrimas, abrazos y gemidos, el veterano ruso luchaba contra sus propios impulsos por contener una sonrisa, ya que en el hotel - o qué demonios, incluso en Moscú, antes de coger el avión, repasando las partidas del chino con su equipo -, tenía muy serias dudas sobre quién iba a ser el campeón, y no quería sufrir la humillación nacional de perder ante un niño y por ende chino.

En ese momento un pensamiento fugaz invadió su mente. Alexei, su entrenador, en el hotel le había comentado algo que en aquél momento había pasado desapercibido, pero que ahora le volvía a la cabeza como un bumerán: unas palabras: Antes preferiría que al mocoso le fallasen los frenos de camino al torneo que verte derrotado por él.