Abuelo

- … y así, Sena remontado en velero llegué a París, recibido a vítores por la muchedumbre agolpada a las orillas del río. Sus rostros eran… ¡radiantes como el Sol! Tiempo les faltó cuando pisé tierra firme para agarrarme y aupar arriba hasta poder ver la cúspide de la torre Eiffel a mis pies. La noticia había recorrido el país de extremo a extremo, e incluso había llegado a oídos de los territorios de ultramar, a Argelia y más al sur caravanas Sahara a través. Más pronto que tarde todo el mundo sabía mi historia - suspiró -, aunque de eso hace ya sesenta y siete años. Hay que repetirlo para que el recuerdo no muera, pero cuando yo fine, ¿vosotros lo mantendréis vivo?

Asentimos, éramos cinco niños en el cuarto escuchando boquiabiertos la narración del abuelo, gritando de miedo cuando la tensión del momento explotaba en un susto y lloramos por pura pena cuando Rick, el fiel perro que había encontrado deambulando en una trinchera durante la guerra, murió de hambre sobre una madera a la deriva. El océano se lo había llevado, en un plácido atardecer, cuyo silencio sólo había sido roto por los gritos de mi abuelo lamentando la pérdida. Jamás debería haberlo llevado a ese viaje, pero su cuerpo bien le sirvió de alimento, evitando caer en el mismo amargo hoyo que aquél en el que Rick encontró su final. Cada noche tocaba melodías con la flauta en su honor, tan potente el sonido de ésta, y tan triste, que cuando un barco mercante alcanzó a oír las canciones y acudió en su ayuda, tras subir la escalera de cuerda que le tendieron a cubierta ni un alma no lloraba. El capitán, el turco con el bigote más poblado y más rizado que hubiera visto jamás - y en verdad había conocido a muchos - frisó éste y con los ojos hinchados de la emoción y la voz quebrada de recordar le preguntó si se trataba de un santo errante.

Mi abuelo murió anclado al pasado, ajeno a las revoluciones industriales de su época, sólo preocupado por salvar la llama que las aventuras vividas habían prendido en medio globo. Enterramos sus cenizas bajo el haya en el jardín de la casa familiar, a pleno octubre. Al día siguiente nos despertaron los llantos de un niño que provenían del mismo árbol. Rick, el descendiente del mismo Rick que había fallecido en la tabla errabunda con mi abuelo tantos años atrás, le lamía la cara con cura. Levantamos suave al bebé de la mullida alfombra de hojas caducas que lo sostenía y admiramos sus facciones. Madre intervino, serena como siempre:

- Vuestra bisabuela me contó en su momento que mi padre no había nacido de su sangre, mas cinco jóvenes de vuestra edad lo habían traído envuelto en sábanas blancas con una gran letra R bordada en color lavanda, como las que guardan a esta criatura. Le contaron que era un espíritu estático, destinado a vivir siempre los mismos años y que debían llevarlo hasta el inicio de su camino cuando tocase a su fin - dirigió su mirada hacia cada uno de nosotros, escudriñando el posado, como sopesando nuestra fuerza -. Ahora en vosotros recae cerrar el círculo.